Demasiado Fácil
Hoy, horas antes de mi 22 cumpleaños, cumplo con el compromiso de acudir a misa. Un año del fallecimiento de su abuelo. Recuerdo como se sentían todos. Sus lágrimas. Sus suspiros. Observo.
Parecen haber sobrevivido. Respíran. Sus ojos están secos.
Parece que todo va bien. Sin embargo, presto atención. Escucho las palabras del sacerdote.
Comienzo siguiendo el ritmo de la multitud. Me siento.. Me levanto.. De momento, las palabras que entran por mis oídos y analizan mis pensamientos comienzan a dañar mi razón.
Pecados capitales. Ira divina. Responsabilidad social.
Me detengo a observar la actuación. El "Padre", una mezcla entre Javier Cámara y Rajoy, está utilizando todos sus recursos. El castigo de "Dios" a quienes no van a misa los domingos. El horror de no contribuir a la supervivencia de la Fe.
Me daña cada palabra. Me duele cada gesto afirmativo de quienes le escuchan. Cuántos años manipulando a la masa. Cuántos siglos luchando por ocultar la verdad. ¡Pobres! aquellos que dan su vida por demostrar la mentira. ¡Pobres! aquellos que compran la Falsa Salvación.
Sin embargo, me voy tranquila. La severidad del sermón me demuestra su inseguridad. Saben que aquellos que desmienten el engaño están creciendo. Saben que se acaba la superioridad. Se acaba el poder.
Tan solo la razón lleva al pensamiento cerca de la Verdad.
Môira
jueves, 27 de enero de 2011
lunes, 17 de enero de 2011
Paso demasiadas horas dedicadas a la consecución de una vida que no quiero. Estoy inmersa en una espiral de acontecimientos que no dejan libertad a mis verdaderas intenciones.
El mundo, tan grande que pasa desapercibido ante nuestra mirada distraída. Observamos todas las cosas que nos rodean sin valorar realmente ninguna. Pasamos por alto los pequeños detalles que realmente hacen grandes los momentos de nuestra corta vida.
El brillo del sol reflejado en los carteles de la autovía. El amanecer de un nuevo día visto desde la lejanía. La aparición de los árboles entre la contaminación de las ciudades. La niebla, tan tenebrosa en años pasados y sin embargo, la forma más fácil que tenemos de estar cerca de las nubes.
Actualmente, la supervivencia es algo sencillo. Nuestro cuerpo se adapta con facilidad a ciudades, trabajos, hogares.. pero ¿y nuestra mente? ¿está nuestra alma adaptada el mundo que nos rodea?
Es cierto que la mayoría de los seres humanos al final de nuestra vida nos sentimos vacíos, insatisfechos y por qué no, frustrados al darnos cuenta de que la existencia que hemos tenido ha sido en balde. Nuestros logros se convierten en meras cifras que sin nosotros, ya no sirven de nada.
Por fortuna, la felicidad de nuestro ser está al alcance de nuestras manos, en esos detalles insignificantes que dejamos pasar una y mil veces. Permitir que un peatón que espera paciente cruce la calle, dejar pasar en el supermercado a la señora con la barra de pan mientras nosotros tenemos un carro entero para cobrar. Perdonar las malas palabras de aquellos que se enfadan sin motivo. Actuar sabiendo que, aunque el ser humano siga haciéndonos daño, nuestra mente está segura.
Una fotografía puede recordarnos esos bellos momentos que no valoramos en nuestra rutina diaria. Pero afortunadamente, la mejor cámara de que disponemos es nuestra memoria, y la mayor fuente de satisfacción se encuentra en ser sinceros con nosotros mismos y nuestros sentimientos.
Môira, buscando el sentido de la existencia.
El mundo, tan grande que pasa desapercibido ante nuestra mirada distraída. Observamos todas las cosas que nos rodean sin valorar realmente ninguna. Pasamos por alto los pequeños detalles que realmente hacen grandes los momentos de nuestra corta vida.
El brillo del sol reflejado en los carteles de la autovía. El amanecer de un nuevo día visto desde la lejanía. La aparición de los árboles entre la contaminación de las ciudades. La niebla, tan tenebrosa en años pasados y sin embargo, la forma más fácil que tenemos de estar cerca de las nubes.
Actualmente, la supervivencia es algo sencillo. Nuestro cuerpo se adapta con facilidad a ciudades, trabajos, hogares.. pero ¿y nuestra mente? ¿está nuestra alma adaptada el mundo que nos rodea?
Es cierto que la mayoría de los seres humanos al final de nuestra vida nos sentimos vacíos, insatisfechos y por qué no, frustrados al darnos cuenta de que la existencia que hemos tenido ha sido en balde. Nuestros logros se convierten en meras cifras que sin nosotros, ya no sirven de nada.
Por fortuna, la felicidad de nuestro ser está al alcance de nuestras manos, en esos detalles insignificantes que dejamos pasar una y mil veces. Permitir que un peatón que espera paciente cruce la calle, dejar pasar en el supermercado a la señora con la barra de pan mientras nosotros tenemos un carro entero para cobrar. Perdonar las malas palabras de aquellos que se enfadan sin motivo. Actuar sabiendo que, aunque el ser humano siga haciéndonos daño, nuestra mente está segura.
Una fotografía puede recordarnos esos bellos momentos que no valoramos en nuestra rutina diaria. Pero afortunadamente, la mejor cámara de que disponemos es nuestra memoria, y la mayor fuente de satisfacción se encuentra en ser sinceros con nosotros mismos y nuestros sentimientos.
Môira, buscando el sentido de la existencia.
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